domingo






















Cambiaban las épocas dentro de aquel saco gris que se movía por el tiempo, y se quedaba quieto, tan quieto.
Se sentía el viento quemando la arena acumulada en las uñas, depositando el polvo dónde todos se sentarían y no advertirián la pulcritud. También marchaban las horas, bajo el brazo de la sombra, abrigandose del calor excesivo, de los tropiezos campantes, de las historias ex-tintas. Parecía que los pasos masticaban intensamente un pedazo piel, un montón de histerias.
Sin embargo había en los bolsillos tierra sana que alguna vez fue calor. Era aroma a siembra, a escucha, se repartían voces por las piedras, que se convertían pálidamente en túneles recorriendo tu terremoto perdido.
Y se concedían noches enteras, durante mareas que parecían interminables. Parecía un domino que no para de caer, alguna cadena que se interviene y se realiza, otra vez, otra vez, otra vez.
Aparte habían cielos, para el mundo, entre la nebulosa que generaban los papeles, los manchones de historia sobre el pastar. No existía calma y existía paz. Todos eramos nulos. Todos eramos presentes nudos.

Todos fuimos aire. Vivimos siendo reinas y canciones que nunca nos gustaron. Morimos hasta anoche y mañana penetraremos al ruido, al silencio, a la marcha de un tren que libera humo cuando nace. Cambiamos ya, diciendo chau. Ya no seremos los mismo. Y siempre si.